Gonzalo Cabrera gana el XIII Premio Internacional de Acuarela Julio Quesada con una obra inspirada en la Caldera de Taburiente
El músico palmero, violinista y profesor, suma un nuevo reconocimiento a su trayectoria creativa al alzarse con el primer premio gracias a “Riachuelo”, una pieza nacida de su vínculo vital con la naturaleza de La Palma. El certamen reunió a 68 autores y propuestas llegadas de España, México, Portugal, Francia y Perú.
El músico y pintor palmero Gonzalo Cabrera (Santa Cruz de La Palma, 1966) se ha proclamado ganador de la decimotercera edición del Premio Internacional de Acuarela Julio Quesada, uno de los certámenes de referencia en esta técnica. Cabrera lo contó en una entrevista en Herrera en COPE La Palma, donde relató con detalle el momento en que recibió la noticia: “Me suena el teléfono… y me dicen: ‘le llamo para decirle que es primer premio’… Yo: ‘¿pero en serio?’”. La reacción, confesó, fue de sorpresa absoluta y una alegría que todavía le dura: “He estado volando tres días… ha sido un subidón tremendo”.
El concurso contó con 68 autores y reforzó su proyección internacional con propuestas procedentes de distintos puntos de España, México, Portugal, Francia y Perú. Cabrera reconoce que se presentó, en parte, como una forma de mantenerse en marcha: “Lo hice por estar activo, por obligarme a tener unas horas delante del papel, del pigmento y el agua”, explicó. Y, pese a ello, no ocultó que jamás imaginó el desenlace: “No daba crédito a ganar un primer premio en un certamen de esta entidad”.
“Riachuelo”, una Caldera vivida desde niño
La obra premiada, titulada “Riachuelo”, no es un paisaje escogido al azar. Cabrera la describe como una imagen fiel al riachuelo de la Caldera de Taburiente, un lugar que ha marcado su biografía desde la infancia. “Es un tema que he respirado siempre”, contó, recordando aquellas excursiones con su padre y con pintores como Francisco Concepción, en salidas donde el arte se mezclaba con el asombro del territorio.
Esa relación con la Caldera sigue vigente. De hecho, Cabrera mantiene con el paso de los años una tradición que, para él, tiene algo de ritual: regresar, observar, tomar apuntes y pintar. “Cada año… siempre dedicamos un ratito a pintar el riachuelo”, relató. En este caso, la acuarela ganadora fue realizada en estudio, aunque sustentada en materiales nacidos al aire libre: “Está basada en apuntes tomados del natural y un apoyo fotográfico para encuadrar”.
El artista subrayó también la importancia de la práctica del “plein air”, esa manera de crear en contacto directo con el paisaje. Ahí, dijo, aparece la primera huella: respirar “el color, la luz y la atmósfera del lugar” antes de que la obra termine de tomar forma sobre el papel.
De la música a la acuarela: “Nunca he parado el violín”
En La Palma, el nombre de Gonzalo Cabrera está íntimamente ligado a la música. Él mismo lo dejó claro en antena: “Nunca he parado el violín”. Comenzó a tocar con siete años y su vida profesional ha estado marcada por la interpretación y la docencia. Sin embargo, la pintura lo acompaña desde pequeño, aunque durante mucho tiempo la vivió como una afición constante: “Siempre me acompañó”.
En su relato, aparece también una etapa decisiva fuera de Canarias: durante su estancia en Bruselas se inscribió en la Academia Real de Pintura, y a su regreso continuó formándose en academias y saliendo a pintar con otros artistas. La crianza de sus hijos, reconoció, frenó ese impulso durante un tiempo; pero en los últimos años la acuarela volvió con fuerza. Un punto de inflexión, explicó, fueron los encuentros de acuarelistas de El Paso, que lo animaron a “pintar en serio o más en serio”. “Desde hace cuatro años he vuelto a una actividad más continuada”, señaló.
Los puentes entre dos artes: color, estructura y tensión
Uno de los momentos más reveladores de la entrevista llegó cuando Cabrera habló de los vínculos entre música y pintura. A partir de una pregunta del locutor sobre si es “muy distinto” tocar el violín o pintar, el palmero desplegó una reflexión que conecta ambas disciplinas a través de la estructura.
En la música, dijo, se organiza el tiempo; en la pintura, el espacio. Y en ambos casos hace falta equilibrio: puntos de tensión y de relajación, decisiones de foco y de jerarquía. “No puede ser empezar a poner notas… ni empezar a poner manchas”, explicó, defendiendo que en las dos artes hay una arquitectura interna. Incluso el lenguaje, apuntó, se cruza: cuando a un alumno se le pide “tocar con otro color”, lo entiende, aunque la música no sea literalmente cromática.
Esa idea de “paleta” también apareció al recordar trabajos musicales recientes vinculados a la Bajada de la Virgen, donde la elección instrumental responde, según explicó, a lo que el texto y la emoción piden. “Elijo la paleta… en el cuadro es igual”, comparó.
Exposición y entrega del premio
Cabrera detalló que la acuarela premiada iniciará un recorrido expositivo y podrá visitarse hasta el 31 de enero en una sala vinculada a la Fundación de la Cooperativa Eléctrica de San Francisco de Asís, en Alicante, coincidiendo con la entrega del premio y la apertura de la muestra. A partir de ahí, la pieza podría pasar a formar parte de los fondos del certamen o de su colección, ya que —según explicó— las bases establecen la cesión de derechos de la obra premiada: “En este punto pierdo los derechos de esa acuarela… tengo que ceder los derechos de reproducción y de todo”.
“La suerte hay que buscarla”
El artista no quiso desligar el éxito de un componente imprevisible. Habló del primer filtro del concurso —realizado mediante fotografía para evitar envíos costosos— y confesó que, al entrar en la final, ya se dio por satisfecho. “Yo no soy un profesional en la pintura… vivo de la música”, insistió, valorando el nivel de los participantes y el prestigio del certamen. Y, aunque aceptó que el jurado debe “ver” lo que el autor intenta plasmar, cerró con una idea que resume su actitud: “La suerte hay que buscarla, no viene sola”.
Con este primer premio, Gonzalo Cabrera abre 2026 sumando un nuevo capítulo a una trayectoria marcada por la creación en distintas formas. Música y acuarela, tiempo y espacio, partitura y papel: dos lenguajes que, en su caso, confluyen con un mismo origen emocional y geográfico. El riachuelo de la Caldera, convertido en obra, ya viaja también como símbolo de una isla que sigue inspirando arte más allá de sus fronteras.




















