Un palmero en el corazón de la Amazonía: 40 años de misión “donde la vida está más amenazada”
El misionero jesuita Fernando López, de visita en su tierra, en La Palma, compartió en Herrera en COPE La Palma su experiencia en la selva amazónica y el trabajo de una Iglesia “itinerante” y sinodal, con fuerte presencia de laicos y pueblos indígenas.
El próximo fin de semana, las comunidades parroquiales de toda la Iglesia en España —también en La Palma— pondrán el foco en la presencia evangelizadora en América Latina. Bajo el lema “Caminamos juntos, compartimos alegría”, la campaña invita a reconocer, agradecer y profundizar los lazos de fraternidad, misión y comunión entre España e Hispanoamérica.
En ese contexto, el párroco Francisco Hernández entrevistó en Herrera en COPE La Palma al sacerdote misionero palmero Fernando López, jesuita, con una trayectoria que impresiona por su constancia: 40 años en América Latina, de los cuales 13 transcurrieron en Paraguay y casi tres décadas en la Amazonía, una región clave para la biodiversidad y el equilibrio del planeta.
De La Palma a la selva: “Solo agradecer”
Fernando López atendió a COPE desde La Palma, donde estos días se encuentra acompañando a su madre, de 94 años, en un turno familiar de cuidados. Desde esa cercanía doméstica, el misionero enlazó con una vida entera al otro lado del Atlántico: “En enero hizo 40 años de América Latina… y llevo allí 40 años viviendo y aprendiendo. Si ahora mismo me tocase partir… solo agradecer”.
Su relato dibuja una Amazonía que no es solo naturaleza exuberante, sino también una realidad humana compleja: una explosión de vida y diversidad biológica ligada a una diversidad cultural impresionante, especialmente por la presencia de múltiples pueblos indígenas. “Cuanto más diverso, más divino”, llegó a resumir, conectando esa mirada con un principio que repitió durante la conversación: unidad, diversidad y relación, también visibles —dijo— en la propia creación.
La vocación que arrancó en Paraguay (y en una dictadura)
La historia misionera de Fernando comenzó en 1985, cuando llegó a Paraguay tras completar Física en Sevilla. Allí vivió una experiencia decisiva, en plena dictadura de Stroessner, donde conoció “una Iglesia profundamente comprometida con los pobres”, perseguida y plantada “a favor de la vida”, con un fuerte vínculo a la justicia y la defensa de los más vulnerables.
En Paraguay aprendió guaraní, una puerta —según contó— a “otra cosmovisión” y a una manera de comprender el mundo que no se queda en teorías. Incluso enlazó esa vivencia con la ciencia: la física ayuda a entender que “todo está conectado”, pero —subrayó— los pueblos indígenas lo viven “en el cotidiano”.
¿Quién encontró a quién? Los jesuitas y el “proceso de las grandes preguntas”
A la pregunta directa del entrevistador —“¿quién encuentra quién, los jesuitas a Fernando o Fernando a los jesuitas?”—, respondió que fue “un poco de los dos lados”. En su recuerdo aparece con nitidez un jesuita que marcó su camino: Fernando García Gutiérrez, misionero durante 30 años en Japón, vinculado a la Parroquia de San Francisco en La Palma y cercano a la comunidad parroquial de entonces.
En Sevilla, ese acompañamiento se tradujo en un grupo de universitarios de distintas facultades donde, además de compartir vida y fe, se abría un discernimiento real: “levantar las grandes preguntas… qué hacer con la propia vida, en qué gastar, cuál era el sentido”. En ese cruce de inquietudes, se fue fraguando la decisión de la misión.
Una Iglesia que “suma donde solos no podemos”
En la Amazonía, Fernando López forma parte de una experiencia que definió como “preciosa”: un equipo misionero itinerante, integrado por laicos, laicas, religiosos y religiosas, que se desplaza por distintos puntos del territorio, especialmente allí “donde la Iglesia está menos presente” y donde “las heridas están más abiertas”.
Explicó que el equipo reúne personas de múltiples instituciones que aportan recursos humanos, materiales y económicos con una lógica simple: “sumando, juntos, donde solitos no podemos ni debemos”. A su juicio, esta forma de trabajo refleja una Iglesia cada vez más sinodal: caminar juntos desde carismas diferentes.
En esa misma línea, destacó un cambio significativo: actualmente el equipo es mayoritariamente laical, y más de la mitad de sus integrantes son amazónicos, personas de los propios territorios e indígenas que participan activamente en la misión. Para él, es “un signo de los tiempos”.
Triple fronteras y realidad dura: el Alto Río Negro
Fernando ubicó el trabajo itinerante en tres grandes núcleos situados en zonas de triple frontera dentro del ámbito amazónico. En su caso, está destinado al Alto Río Negro, en la triple frontera de Brasil con Colombia y Venezuela, un territorio que describió como “muy complejo” y condicionado por la presencia de grupos armados, donde la movilidad depende, en la práctica, de permisos informales.
Frente a esa dureza, resaltó el valor de los acuerdos y la coordinación eclesial para sostener un “proyecto sinodal” capaz de acompañar a la gente precisamente “donde la situación está más difícil”.
“Cuando llegamos, Dios ya está allí”
Uno de los momentos más reflexivos de la entrevista llegó al hablar de la inculturación. Fernando López fue claro: la misión no puede hacerse “desde la barrera”. Su punto de partida es una convicción teológica y pastoral: “cuando nosotros llegamos, Dios ya está allí, hace bastante tiempo”.
Por eso, insistió en la necesidad de entrar con respeto en las culturas, “debajo de la piel”, recordando que “el suelo que se pisa es sagrado”. Lo llamó “don y tarea”: don, porque requiere carisma; tarea, porque exige desmontarse, desconstruirse y aprender. Y concluyó que solo a través del diálogo intercultural e interreligioso es posible aproximarse “a ese misterio de Dios siempre mayor”.
Mensaje final: misioneros “tejedores de paz”
En el tramo final, Fernando López dejó un mensaje con acento profético: hoy, más que nunca, el mundo necesita testigos que construyan paz. “Somos misioneros y misioneras tejedores de la paz”, afirmó, apelando a empezar por el “metro cuadrado” que cada uno habita.
Citó a Gandhi para rematar una idea central: “la paz es el camino”, y conectó ese horizonte con las bienaventuranzas, la justicia, el respeto a la diversidad y una forma de vivir más sobria: “vivir más simplemente para que otros simplemente puedan vivir”.
La entrevista se cerró con un saludo y bendición en guaraní, un guiño a la tierra donde se fraguó su vocación y a ese puente humano y espiritual que la campaña de estos días quiere volver a poner en primer plano: caminar juntos, compartir alegría… y sostener, desde aquí, la misión allí donde la vida late con más fuerza y también con mayor fragilidad.




















