Facundo Daranas rescata la memoria del “norte” de Santa Cruz de La Palma en su nuevo libro sobre San José y Santa Águeda
El catedrático de Historia explica en Herrera en COPE La Palma que la obra reconstruye la evolución urbana y social de dos calles que fueron “puerta” hacia la ermita de San José y el antiguo convento de Santa Águeda, con especial atención al papel de las mujeres y a la emigración a Cuba.
Miguel Ángel San Blas abrió un paréntesis en la actualidad para hablar de historia local con nombre y apellidos. En Herrera en COPE La Palma, Miguel Ángel San Blas conversó con el catedrático Facundo Daranas a propósito de su nueva publicación, “Las Calles de San José y Santa Águeda en Santa Cruz de La Palma. Arquitectura y Sociedad”, presentada el 22 de diciembre en la Sociedad La Investigadora.
Daranas enmarca el libro como una aportación a un mapa documental que, en su opinión, todavía tenía zonas por completar. Recordó el trabajo del anterior cronista oficial, Jaime Pérez García, por su labor sobre calles emblemáticas como la Calle Real o la Trasera, pero subrayó que quedaban “otras zonas de la ciudad” fuera de ese foco, especialmente el norte, conocido en documentos antiguos como “la asomada”. “Nací y vivo en esta zona y casi me sentí en la obligación de contribuir… a un mejor conocimiento”, explicó.
Un estudio en “capítulos” que continuará
El autor sitúa este volumen como parte de una investigación más amplia. Detalló que el conjunto original abarca cuatro vías: El Tanque, Los Molinos (hoy Baltasar Martín), y las adyacentes, San José y Santa Águeda. Este libro aborda las dos últimas como “una primera parte”, mientras que El Tanque y Los Molinos estarían ya documentadas “casi en un 90%”, a falta —precisó— de financiación para verlas publicadas.
Casas terreras, huertos y una calle que no siempre fue recta
En el terreno arquitectónico, Daranas describió un paisaje urbano muy distinto al actual. En San José y Santa Águeda predominaban casas terreras, “con una puerta y una ventana”, y trazados que no respondían a la alineación recta de hoy. Puso un ejemplo muy concreto: la calle San José no fue recta hasta 1902, cuando un vecino solicitó edificar una casa de dos plantas y pidió al Ayuntamiento la nueva alineación. A partir de esa decisión, se trazó una línea recta desde Los Molinos hasta la ermita de San José.
Ese proceso tuvo consecuencias prácticas: los vecinos del lado norte compraron al Ayuntamiento el “sobrante” de vía pública y adelantaron fachadas hasta conformar la alineación actual, mientras que en el lado sur lo que había durante décadas fueron pequeños huertos que acabarían edificándose con el tiempo, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIX y, ya de lleno, en el siglo XX.
También asomaron curiosidades administrativas. La numeración urbana —contó— funcionó durante años al revés de lo habitual: los números más bajos empezaban en la confluencia con Los Molinos y terminaban hacia el Llano de las Monjas/Lomo. Esa lógica se mantuvo hasta finales de los años 60, cuando se cambió al sistema vigente.
Aceras a cuenta del vecino y empedrado “de lado a lado”
Otro detalle revelador fue el de las aceras. “En esa época no existía acera” como hoy se entiende: el empedrado cubría toda la calle, y si alguien quería una acera, debía pagarla. En ocasiones, el propio Ayuntamiento instaba al vecino a construirla “con pretil de cantería”. Daranas destacó además un dato que le sorprendió: el primer tramo de empedrado entre Los Molinos y la ermita de San José se hizo en colaboración entre Ayuntamiento y Ejército, cuando la guarnición estaba en el edificio que hoy alberga el Museo Insular. Incluso aportó cifras: un peón cobraba cinco pesetas, un oficial seis y el maestro siete.
Cambios de nombre y una misteriosa “calle colegio”
La obra también recorre la toponimia y sus vaivenes políticos. Durante la Segunda República, la calle San José pasó a llamarse Mendizábal, y Santa Águeda adoptó el nombre de Nicolás Salmerón. En su búsqueda documental, Daranas se topó con otra denominación: “calle colegio”, que no respondía a la presencia de un centro educativo, sino a una ciudadela —un inmueble con muchas personas viviendo— conocida popularmente como “el colegio”. La expresión llegó a figurar en padrones de habitantes de la segunda mitad del siglo XIX.
Oficios del mar, ascenso social y un barrio con “apodos” en femenino
En el plano social, el profesor relató una evolución clara: primero fue un espacio poblado por gente de la mar, carpinteros de ribera y pequeños oficios (venta de pescado salado, carbón), y con el paso de las décadas se produjo un cambio hacia más estudiantes y profesionales universitarios, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX.
Uno de los ejes más llamativos del libro es el papel de la mujer, al que San Blas aludió durante la charla. Daranas lo definió sin rodeos: “era la que le daba vida a la calle… en las relaciones sociales, en la educación de los hijos, en la economía familiar”. Habló de una sociedad “matriarcal” en la práctica cotidiana, aunque recordó la contradicción legal de la época: una mujer podía heredar una propiedad, pero no venderla sin consentimiento del marido. Aún más duro, describió casos de maridos que emigraron a Cuba y no regresaron, dejando a mujeres con hijos que, para poder disponer de bienes, debían afrontar procesos judiciales para acreditar la ausencia.
Incluso la cultura popular apuntala esa lectura: citó a Juan Martín de León, conocido como Juan Rubí, último alcalde republicano, autor de un texto sobre Los Molinos en el que las familias aparecían identificadas por apodos, muchos de ellos con nombre femenino, una pista más del peso simbólico de las mujeres en el barrio.
Cuba, préstamos “a particulares” y el bordado como economía doméstica
La emigración a Cuba aparece en el relato con matices. Daranas admitió que recordó el tópico —“vino mucho dinero”—, pero quiso subrayar lo contrario: desde La Palma también salió dinero hacia Cuba, porque muchas familias vendieron propiedades para pagar el pasaje e invertir allí.
En paralelo, explicó cómo se financiaban compras y reformas: en los expedientes que consultó, en la primera mitad del siglo XX, casi nadie acudía a bancos; los préstamos se pedían a particulares, a menudo vecinos, con intereses que oscilaban entre el 4% y el 10%. Y en el ámbito doméstico, apuntó, el bordado fue para muchas mujeres un complemento económico decisivo.
Dónde conseguirlo y un precio “al alcance de todos”
El autor agradeció el apoyo recibido para investigar y publicar: mencionó al Registro de la Propiedad y su equipo, a la editorial Cartas Diferentes Ediciones (encargada también de la distribución y la maquetación), y a las instituciones que respaldaron el proyecto: el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma y el Cabildo, en la figura de su presidente, Sergio Rodríguez.
El libro puede adquirirse, indicó, en la librería Papiro y en otros puntos de venta. Daranas quiso dejar una idea clara: no percibe ingresos por la venta. “Nunca, jamás… he percibido un céntimo”, afirmó, defendiendo además que la cultura y la educación deben tener “el mínimo precio posible”. Según comentó, el precio está por debajo de los 20 euros. El prólogo, añadió San Blas, es del palmero Manolo Poggio, quien le recomendó personalmente no perdérselo.
Con la promesa de futuras entregas sobre El Tanque y Los Molinos, la entrevista dejó una certeza: detrás de calles que hoy se transitan con prisa hay capas de vida —trabajo, migración, arquitectura humilde y memoria familiar— que todavía pueden contarse con detalle.




















