De Los Sauces a Nuuk: la palmera que cambió el Atlántico por el Ártico

NUUK (Groenlandia). Un estudio improvisado en plena calle, temperaturas bajo cero y un protagonista inesperado para ponerle voz humana a la “movida” geopolítica del momento. En La Linterna de COPE, Ángel Expósito conversó con Silvia Rodríguez, palmera de San Andrés y Sauces (La Palma), instalada desde hace 12 años en Nuuk, la capital groenlandesa. Su historia mezcla emigración, ciencia, adaptación al invierno polar y una mirada serena —aunque cada vez más preocupada— ante el foco internacional que se ha posado sobre la isla más grande del planeta.

Silvia llegó a Groenlandia por trabajo… pero no el suyo, al menos al principio. “Mi marido consiguió un trabajo en el Natural Institut, el Instituto de Recursos Naturales”, explicó. Él, especialista en modelos matemáticos vinculados a la pesquería; ella, acompañándole en un salto de vida que no fue sencillo. “Fue un poco difícil al principio. El idioma no… pensé que mi inglés era mejor de lo que era”, admitió entre risas. Con el tiempo, encajó: “Estoy trabajando aquí desde 2015 sin parar”.

“Noviembre y diciembre son muy duros”

Una canaria en el Ártico tiene que aprender a convivir con la noche larga. Expósito lo planteó con la imagen de un amanecer a mediodía y un sol que desaparece a media tarde. Silvia no lo disimuló: “Noviembre y diciembre es muy duro para mí… lo noto enseguida”. Reconoció incluso que intenta reservar vacaciones en esos meses para sobrellevarlo mejor: “Ese oscuro a mí todavía no me terminó”.

Pero el calendario también ofrece su recompensa. “En el momento que pasamos a enero… se nota muchísimo cómo la luz va viniendo poco a poco. Es como un despertar”, describió, poniendo palabras a lo que para muchos es la verdadera prueba de resistencia en el norte.

Morriña, sí… y sensación de hogar también

Silvia confesó que la nostalgia aparece. “A veces me da morriña… de qué estoy haciendo aquí”, dijo, con la idea recurrente de volver a “estar allá”. Sin embargo, se siente cómoda en Nuuk y encontró paralelismos que no esperaba: “La gente tiene muchas similitudes con la cultura en la que yo crecí… se visitan, se ayudan, te dicen buenos días… terminas conociendo a muchas personas”.

En ese retrato cotidiano, la palmera dibujó una comunidad pequeña, cercana, donde la vida se cruza en el día a día. Un contraste con la imagen de territorio remoto que suele dominar desde fuera.

Del chiste al enfado: la presión internacional se nota

La conversación entró de lleno en el clima social ante las declaraciones y amenazas que, según relató Silvia, han convertido Groenlandia en portada recurrente. “Al principio… se lo tomaban muchísimo a broma”, recordó, con bromas sobre persecuciones en la nieve y memes fáciles. Pero el tono ha cambiado: “Ahora empiezo a notar que hay más gente que se entristece, que se enfurece… que les preocupa de verdad”.

Preguntada por el miedo, fue clara: “Hay miedo, sí”. Y explicó una percepción extendida: la de estar ante alguien imprevisible. “Se percibe… como alguien fuera de sus casillas, como alguien al que se le puede ocurrir una cosa… y , esa es la percepción: ¿es capaz de hacer algo?”.

Aun así, ante la idea de inseguridad o indefensión, Silvia matizó que no lo vive así en la calle: “Están un poco dolidos de que no se les incluye en el diálogo, pero… están confiados en que Dinamarca va a hacer todo lo posible y se sienten protegidos por la diplomacia internacional”.

“No puedes comprar Groenlandia”

Uno de los momentos más rotundos llegó con una frase que resume identidad y pertenencia: “Groenlandia es un concepto, no puedes comprar Groenlandia”. Silvia defendió el vínculo de la población con la tierra y la naturaleza, especialmente en verano, cuando la vida se vuelca hacia fuera: cazar, navegar, salir al entorno. “No hay dinero que pueda pagar eso para ellos”, apuntó.

Sobre la identidad nacional, admitió una realidad compleja: “Hay quienes se sienten daneses y otros no tanto”, con mezcla de familias y un poso emocional por asuntos históricos que siguen presentes: “Hay un sentimiento de tristeza, mucho dolor… eso se nota”.

Mezcla cultural e historias inesperadas

Más allá del 80% inuit que se cita a menudo, Silvia insistió en la mezcla visible en Nuuk. Contó una anécdota que sorprendió incluso a los tertulianos: una dependienta llamada Rosa cuyo nombre venía de un abuelo “pescador español” que quedó varado en Groenlandia. “Hay mucha mezcla en Nuuk”, subrayó, aunque matizó que en pueblos pequeños los rasgos y relaciones suelen ser más cerrados.

Cambio climático: “el sol sale antes”

Expósito le preguntó si el cambio climático “se nota”. Silvia recurrió a un indicador contado por pescadores y compañeros: un glaciar que, al bajar por el deshielo, cambia incluso la forma en que entra la luz. “Decían que había más luz… porque ese glaciar se ha derretido. Entonces… el sol sale antes”, relató, como una imagen sencilla pero potente para medir transformaciones en el terreno.

Auroras, independencia y una vuelta pendiente a casa

En doce años, auroras boreales “muchísimas”, respondió sin dudar, aunque recordó que “la fotografía incrementa el color” y que la experiencia real es otra: silencio, movimiento, una belleza menos “exagerada” que en las imágenes, pero hipnótica.

También se abordó el debate independentista. Silvia lo situó en un equilibrio frágil: “Ha crecido en los últimos años, eso es notable”, pero no es un camino sencillo con una población pequeña y servicios que sostener: “¿Cómo vamos a pagar hospitales, médicos…?”. Concluyó que no ve a “toda la población” alineada con la independencia.

Y, en lo personal, dejó una confesión que golpea a cualquiera que haya emigrado: “Me da vergüenza… hace como ocho años que no he podido ir a visitar España”. Expósito le lanzó una invitación a pasar por Madrid cuando regrese. Ella respondió con una sonrisa que se intuía al otro lado de la radio.

Silvia Rodríguez, palmera en Nuuk, cerró su intervención agradeciendo el momento compartido. En la capital de Groenlandia, donde el sol aprende a esconderse y volver poco a poco, una voz de La Palma puso humanidad a un territorio que hoy se discute en titulares, pero se vive —sobre todo— en la calle.

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