Juan Capote reivindica la “otra cara” de las ratas: del miedo y la peste a la ciencia y los recuerdos de infancia

El veterinario y biólogo pone el foco en un animal “polémico”, asociado a la repugnancia y al terror para muchas personas, pero clave en los laboratorios y protagonista de anécdotas que dibujan cómo cambia nuestra mirada según el contexto.

En su sección dentro de Herrera en COPE La Palma, el doctor Juan Capote se detuvo hoy en un animal que, en sus palabras, “como mínimo, causa polémica en cuanto a su existencia”: la rata. Y lo hizo desde un punto de partida claro: hay especies que generan rechazo —carroñeros como el buitre o la hiena—, pero cuya función ecológica resulta evidente.

“Sabemos que no nos gustan… pero sabemos que hace su labor, una labor de limpieza tremenda en la naturaleza”, explicó, subrayando el papel de esos animales a la hora de eliminar restos que podrían contaminar y favorecer enfermedades. Sin embargo, Capote situó a las ratas en otro escalón del imaginario colectivo: un animal al que, de entrada, “no se le ve ninguna utilidad”, más allá de servir de alimento a otros.

Peste, pánico y una escena en el muelle

El relato dio un giro hacia la memoria personal y la historia social. Capote recordó cómo la asociación entre ratas y peste las convirtió durante décadas en símbolo de peligro, repugnancia e incluso miedo paralizante. “Hay personas que no las pueden ni ver”, comentó.

En ese marco, compartió una escena vivida por su padre en el muelle, cuando en camiones de plátano aparecían ratas y los obreros reaccionaban con tensión extrema: se improvisaban protecciones en la ropa, se hacía un círculo y se intentaba acabar con el animal a patadas. En el centro de aquella estampa aparece un personaje inesperado: un perro apodado “Gandúl”, siempre echado, al que los trabajadores daban de comer y que terminaba rematando a la rata.

La “otra” rata: el animal que impulsó avances médicos

Capote matizó después un punto esencial: no todas las ratas ocupan el mismo lugar en nuestra percepción. Frente a la rata de alcantarilla, aparece la rata blanca de laboratorio, a la que atribuyó un papel decisivo en los grandes avances científicos.

“La rata blanca del laboratorio ha servido para los grandes avances, no solo en la medicina, sino en la fisiología y otros aspectos”, señaló, definiéndola como un animal fundamental en investigación desde hace, al menos, un siglo.

Una moda británica, un héroe literario y una rata en el bolsillo

El veterinario también rescató un episodio llamativo: hubo un tiempo en que tener ratas blancas “estaba de moda”. Citó una descripción asociada a jóvenes británicos, “muchachos que diez años antes tenían una rata blanca en el bolsillo”, y enlazó esa imagen con su propio universo de lecturas juveniles.

Ahí entró en escena William Brown, el personaje creado por Richmal Crompton, al que Capote recordó como una escuela de rebeldía, aventura y ruptura de la norma. En una de esas historias, William y sus amigos organizaron “la quincena de las ratas” como respuesta provocadora a una “Semana de los Pájaros” impulsada por una señorita “cursi” en la campiña inglesa. El desafío culmina con William disfrazado de flautista, seguido por un séquito de roedores y desatando el caos entre el público.

La rata perdida y el amor de una madre por encima de la fobia

Desde ese hilo, la narración se volvió íntima. Capote contó que él mismo llegó a tener una rata y la llevaba consigo “cada vez que era posible”, hasta que un día se le perdió y el disgusto fue enorme. La encontró después “hecha un desastre”, con mordidas y el rabo dañado, y trató de ayudarla como pudo. Poco más tarde volvió a escaparse y no regresó.

Y el cierre de la sección tomó un tono emocional al evocar a su madre, Loreto, que sufría una fuerte fobia a las ratas. Capote relató un episodio familiar: tras encontrar un ratón cazado por una gata junto a la ventana, ella hizo el equipaje, regresó a Santa Cruz de La Palma y “nunca más volvió a pernoctar” en aquella casa.

Aun así, subrayó la paradoja que define muchas relaciones humanas con los animales: Loreto aceptó que su hijo tuviera una rata, porque —dijo— “por potente que fuera esa aversión” era menor que el amor que sentía por él. Una madre que, además, amaba profundamente a los animales: gatos, loros y “un sinfín” de especies con las que, recordó, se formó su vocación.

Con ratas como excusa, Capote acabó dibujando algo más grande: cómo el miedo, la utilidad, la cultura y la memoria personal moldean la forma en que miramos a cada animal… incluso a aquellos que preferiríamos no encontrarnos nunca.

Share this…

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies