Juan Capote repasa a las personas que marcaron su camino profesional: “Nos enseñaron a amar la naturaleza”
Cada viernes, en Herrera en COPE La Palma, el veterinario y biólogo doctor Juan Capote abre una ventana a la reflexión a través de vivencias personales que, más allá de la anécdota, terminan dibujando una forma de entender la ciencia, la docencia y la vida. En su última intervención, el punto de partida fue un momento especialmente emotivo: la entrega del Premio de la Fundación CajaCanarias a Alfredo Wilpret, un referente para varias generaciones de estudiantes de Biológicas.
Capote confesó haber sentido una “enorme satisfacción” al poder hacerle entrega del galardón, un gesto que —según explicó— fue posible gracias a la generosidad del presidente de la institución, Don Humberto Horan, quien le cedió ese honor pese a que, por protocolo, le correspondía a él. “Ahí nos fundimos en un abrazo”, relató, recordando el vínculo casi inevitable que, a su juicio, une a quienes pasaron por Biológicas en La Laguna con el profesor homenajeado.
De Wilpret subrayó no solo su talla académica, sino también su estilo: una prosa rica, ocurrencias brillantes y un compromiso firme con la naturaleza canaria. “Nos hizo tener amor por nuestra futura profesión cuando éramos estudiantes”, resumió. La escena de la entrega, celebrada en la sede de la Fundación en Santa Cruz de Tenerife, tuvo además un ingrediente que impresionó al público: la vitalidad del premiado. Con “noventa y pico” años, Wilpret pronunció un discurso “muy emotivo”, “ilusionado con el futuro”, que levantó al auditorio en una ovación cerrada.
A partir de esa excusa, Capote compartió algo íntimo: las personas vivas que más han influido en su trayectoria, después de haber recordado en una comunicación anterior a quienes ya no están. Entre sus maestros, mencionó también a Wolf, a quien evocó con una mezcla de humor y afecto. Confesó que la última asignatura que aprobó fue precisamente la de Botánica: no por el profesor, sino por su propia memoria. Recordó aquellas tablas de géneros, familias y especies colocadas frente a la cama, para leerlas nada más despertarse. Y, pese a la dificultad, lo dejó claro: fue una de sus materias —y de sus docentes— predilectos.
La conversación saltó después a una etapa de campo y pasión naturalista: Checho Bacallado, profesor universitario que más tarde se incorporó al entonces Museo de la Naturaleza y el Hombre. Capote lo describió como un personaje “poliédrico”, con faceta de entomólogo y ornitólogo, y lo vinculó a una de sus experiencias más intensas: el anillamiento de aves. Contó aquellas madrugadas, las redes finas, el cuidado con el que liberaban a los pájaros tras colocarles la anilla, y la utilidad científica de ese gesto: medir poblaciones, seguir tendencias, estudiar comportamientos. “No es por fastidiar a los animales”, aclaró, sino para entenderlos mejor.
Esa afición —admitió— no se le ha ido. La definió casi como un “vicio” y confesó que, cuando viaja, siempre busca parques para observar aves. Enumeró algunos recuerdos como quien abre una caja de postales: colibríes en Ecuador, avistamientos en Nepal, momentos que confirman que la curiosidad, cuando es verdadera, no envejece.
En el tramo final, el doctor Capote trasladó el relato al ámbito más profesional, ya vinculado a Veterinaria. Ahí situó un punto de inflexión: Gerardo Caja, ingeniero agrónomo y docente de Producción Animal, a quien reconoció como director de tesis y guía decisivo. “Me enfocó”, explicó. Le hizo cambiar el rumbo de una tesis que iba por morfología y llevarla a la fisiología de la glándula mamaria, un giro que —según relató— le abrió la puerta a publicaciones internacionales de primer nivel, incluyendo trabajos en el Journal of Dairy Science.
Más allá de la investigación, Caja le marcó por el rigor y por una idea contundente: el científico no puede vivir con “horario de funcionario”. Capote contó que llegó a dejar aficiones —como montar a caballo— porque el trabajo lo absorbía mañana y tarde, empujado por la ilusión de lo que estaba construyendo. La amistad, además, trascendió lo académico: visitas, estancias en casa del otro y, estos días, incluso un detalle muy personal: Caja viajará para recoger un cachorro de pastor garafiano criado por Capote y su familia, procedente de su perra, campeona juvenil.
Aunque el hilo conductor eran las influencias vivas, Capote no pudo evitar detenerse en una ausencia que aún pesa: Juan Luis López, fallecido con cincuenta y tantos años tras un accidente cerebrovascular. Lo retrató como una mezcla singular —“vasco y aragonés”, dijo—, brillante y peculiar, con un currículo abrumador: físico y veterinario, con másteres y doctorados que convertían cualquier conversación en una chispa. Recordó cómo se hicieron amigos desde los inicios de la Universidad de Las Palmas y cómo gran parte de su trayectoria se terminó tejiendo junto a equipos de Gran Canaria.
El repaso concluyó con otra figura clave: María del Rosario Fresno, a quien presentó como especialista mundial en queso de cabra y compañera de vida “como hermanos”. Capote habló de una relación donde lo profesional y lo personal se mezclan con naturalidad: el cariño por su familia, el aprendizaje compartido y el respeto sincero, incluso cuando ella sacó mejor nota que él en aquella primera oposición que prepararon juntos.
Antes de despedirse, dejó un anticipo: en otra entrega hablará de sus alumnos, “de los cuales me siento muy, muy orgulloso”. Y así, una vez más, la sección de los viernes se convirtió en algo más que divulgación: un mapa humano de gratitud, memoria y vocación.

















