Juan Francisco Capote repasa las rapaces de La Palma y revive su infancia junto a un cernícalo

Cada viernes, la sección del veterinario y biólogo Juan Francisco Capote en Herrera en COPE La Palma abre una ventana a la naturaleza del Archipiélago. Esta semana, el protagonista fue el cielo: las aves rapaces, con una panorámica que fue de lo divulgativo a lo íntimo, hasta desembocar en un recuerdo personal que marcó su vocación.

Capote comenzó diferenciando entre rapaces nocturnas y diurnas presentes en la isla. Entre las nocturnas citó al búho chico, fácilmente reconocible por sus “orejitas”, y a la lechuza, de rostro claro. En ese punto, compartió cómo, cuando era estudiante, la lechuza no se consideraba habitual en La Palma y recordó el impacto de encontrarse con una y comunicarlo, un ejemplo —dijo— de cómo cambian los registros y el conocimiento con el tiempo y la observación.

Del guincho a los conflictos con la actividad humana

Entre las rapaces que ya no se ven en la isla, Capote mencionó al guincho (águila pescadora) y lo vinculó a la toponimia de Los Guinchos. “Es una pasada verla pescar”, confesó, subrayando que quedan muy pocas parejas en Canarias y que uno de los factores de presión es la molestia humana en zonas de nidificación, desde la presencia continuada hasta la presión turística.

Las rapaces diurnas: gavilán, halcón y cernícalo

En su repaso por las diurnas, el biólogo enumeró especies como el gavilán, ligado a áreas boscosas y difícil de observar; el halcón tagarote, sobre el que advirtió de la posible mezcla con el peregrino —un proceso que, según explicó, podría comprometer la subespecie—; y el punto más espinoso: la relación entre rapaces y colombofilia.

Capote defendió la necesidad de abandonar el enfrentamiento y apostar por el conocimiento. Recordó que estas aves están muy protegidas por la normativa y lanzó una recomendación directa al sector: estudiar su biología y entender que “hay momentos de más peligro y otros de menos”, en lugar de caer en prácticas ilegales que, además de injustificables, conllevan sanciones.

Un cernícalo en casa: el recuerdo que lo cambió todo

Y entonces llegó el corazón del relato. Capote confesó que su vínculo con las rapaces no nació en un libro, sino en una escena doméstica: su padre encontró un pichón de cernícalo en el Túnel Grande y se lo llevó a casa cuando él era niño. “Es muy posible que tuviéramos la misma edad relativa”, relató, imaginando una infancia paralela: la del niño humano y la del joven ave.

A partir de ahí, la historia se volvió casi cinematográfica. Con el cuidado de su madre —a la que describió adoptando un papel “maternal”—, el animal aceptó alimento y se desarrolló rápido. Pronto volaba por la casa, se encaraba a las ventanas y desaparecía por ratos… pero regresaba cada día, puntual, a un tejado frente al comedor. La rutina se convirtió en ritual: dejaban la ración de carne, se apartaban unos pasos y observaban cómo el cernícalo dudaba un instante antes de acercarse sin miedo.

Con el tiempo, sin embargo, las visitas se espaciarían. Una mañana no acudió. Volvió al día siguiente, como anunciando —sin palabras— que las ausencias serían cada vez más largas. Y así fue.

Capote cerró el relato con una imagen de infancia: el sonido constante de las lluvias de otoño sobre el patio y el tejado, y él aferrándose al recuerdo del vuelo del ave que, finalmente, desapareció para siempre.

Una sección que empezó como guía de campo terminó como confesión: la naturaleza, cuando se mira de cerca, no solo se estudia. A veces, también educa. Y en el caso de Juan Francisco Capote, parece que incluso decidió un camino de vida.

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